
El chamamé se despereza en Buenos Aires
En lo que respecta al año preciso de los acordes iniciales de chamamé en la Capital Federal, las referencias dan como probable que eso sucedió entre los años 1932 y 1935.
Un testimonio de Isaco Abitbol habla de 1935 como su arribo al barrio de La Boca para comenzar el tanteo de su destino.
Justamente en ese barrio, en la esquina de Pedro de Mendoza y Necochea, existía una tienda o ropería llamada «La Favorita Correntina», propiedad de un señor llamado Carlos Casani, oriundo de la ciudad de Goya, provincia de Corrientes.
Era, por cierto, el único lugar existente para escuchar la música nativa de aquella región.
Tan obligada era la cita para los amantes del género guaranítico -pues polcas y guaranias paraguayas también se oían allí, que Don Casani opt 9/19 por expandirse, convirtiendo el local en bar y casa de comidas, bajo la nueva denominación de «La Rueda».
También adosó al lugar un reducido escenario que, con los años, vio el desfile de los más -a la postre consagrados intérpretes.
A todo esto, en el Salón Teatro Verdi, también de La Boca, la organización de reuniones danzantes hizo que el público lo empezara a conocer como «La Catedral del Chamamé», pues el Centro de Residentes Correntinos le imprimió tal continuidad a la programación que se convirtió en cita ineludible de los provincianos.
En escena aparece Emilio Chamorro, que desde 1938 consagró ese Salón exclusivamente al chamamé, administrándolo hasta 1943, cuando decidió afincarse en Rosario y fundar «La Ranchada», la más famosa bailarina correntina en aquellas tierras.
En esos días, lejos de cerrar sus puertas o desactivarse, el Teatro Verdi, un homónimo del adelantado de Buenos Aires, Don Pedro Mendoza sin el «de»- tomó las riendas del lugar con
la intención de facilitar las reuniones de los Residentes Correntinos, cosa que ocurrió a lo largo de 39 años, transformándose en el emblemático monumento chamamecero de la gran ciudad.
Otra de las singularidades de esos años fue el hecho de ser también Mendoza el fundador de la revista «Iverá» -así, con v corta-, originada, dato curioso, el mismo año del nacimiento del Cuarteto Santa Ana de Isaco y Montiel (1943), a todas luces el estandarte de la causa musical, de exquisito sentido armónico y un estilo fundacional.
No es nada más que un justo homenaje reconocer en Pedro Mendoza a un auténtico baluarte del chamamé.
Sin ir más lejos, fue promotor y protector de los renombrados paladines de entonces: Marcos Ramírez, Damasio Esquivel, Tarragó Ros, Abitbol-Montiel y Santa Ana, Samuel Agua- yo, Félix Pérez Cardozo, Tránsito Cocomarola, Mario Millan Medina… por agrupar sólo algunos de los «próceres» nativos y paraguayos que desde ese albergue de curiosos estibado- res, navegantes y trabajadores portuarios inicia- laron la enciclopedia de un género que muchos años después derribó las invisibles barreras del sectarismo porteño entretenido en señalar a es- tos espontáneos artistas como eran los «que llegaban a Lacroze» -por la estación del Ferrocarril General Urquiza y «marchaban hacia La Воса».
Chamamé, gestación nativa e «in vitro»
Al quedar ya debidamente asentado el origen «nacional-correntino» del chamamé, se impone separar claramente los caminos adoptados por él y otras referencias con orígenes, de cuna, en la cultura guaraní.Partiendo de la base que comparten la denominación originaria por la lengua, pero subrayando que la diferenciación temperamental es tan marcada que debe hablarse de chamamé y… otras formas. Ahora bien, esas comprobaciones están insinuando la complementación de otro análisis vinculado en las esencias nutrientes de un «suelo» abonado por talentos de una conducta artística abnegada y objetivos bohemios y espirituales muy expuestos. Como si cada creación, bajo la óptica de una lente analítica, se pareciera a sí misma. Sin especular ni otorgar concesiones a ciertas demandas de un circuito, que montado en el desvalor de la eventual propuesta festiva y cadenciosa, fábrica melodías y versos tan livianos como efímeros en su vida.
Renglón éste densamente poblado a requisitoria de aquellos que, persiguiendo resultados fáciles, jamás serán recordados, por más tolerante que sea el biógrafo.
Dice Don Heraclio Pérez: «Frente al chamamé concebido por el maridaje de la inspiración y el talento, ha surgido el ‘chamamé de probeta’, inseminado artificialmente en tubos de ensayo, para gestar una raza musical que también debe ser alimentada artificialmente mediante aparatos publicitarios a fin de atraer clientela consumidora de temas híbridos que no dejarán en su beneficio ningún saldo emocional perdurable.


