Entre los primeros testimonios encontramos el de Johann Mattheson, maestro de capilla de Hamburgo, quien ya en 1713 habla de música para clarinete; en la Catedral de Amberes se conserva una Misa, concentrada con clarinete; en la Catedral de Amberes se conserva una Misa, concertada con clarinete, compuesta por J.G.Faber en 1713 habla de música para clarinete; en la Catedral de Amberes se conserva una Misa, concertada con clarinete, compuesta por J.G.Faber en 1720. Entre los músicos que utilizaron el clarinete en el siglo XVIII encontramos a J.Ch. Bach, J.Ph. Rameau, J.J. Rousseau y F.J. Gossec. En Francia el clarinete pasó a formar parte de las bandas militares en 1755 (en sustitución del aboe) y en la orquesta de Viena fue adoptado en 1769.
Pero los primeros compositores que asignaron un papel importante al clarinete fueron Haydn Mozart. Franz Joseph Haydn (1732-1809) utilizó el clarinete por primera vez en la orquesta en 1778, incluyéndolo definitivamente en las últimas Sinfonías (Londinenses), en aquel modelo de orquesta clásica que permanecerá inmutable en varias Sinfonías de Schubert y Beethoven.
Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) amaba el timbre del clarinete.
Después de haber escuchado el nuevo instrumento de Londres, expresaba en una de sus cartas: “ ¡Oh, si tuviéramos clarinetes! ¡No podéis imaginar el espléndido efecto de una Sinfonía con flautas, oboes y clarinetes!”.
El amor de Mozart por este instrumento (que presentó por primera vez al público vienés en 1771 en el Divertimento K.113) es perpetuado por dos obras maestras como el Quinteto en la mayor K.581 compuesto en 1789 y el Concierto en la mayor K.581 compuesto en su muerte, para su amigo, el clarinetista Anton Stadler.
Sea la obra de cámara (en la que el instrumento de viento forma una perfecta amalgama con el cuarteto de arcos), sea el Concierto en el cual el clarinete devana su melodía con autoridad hasta ahora desconocida sobre el tejido orquestal de elegancias camarística, representan un punto de referencias en el que convergían los músicos del siglo XIX. Mozart lleva por primera vez al clarinete a competir con otros instrumentos que hasta ese momento solían asumir la parte solista y le reserva en el ámbito de los “vientos” un papel semejante al que desempeñaba el violín entre los “arcos”. Luego del “exploit” del clarinete, debido a las composiciones Haydn, Mozart y Weber (de este último luego nos ocuparemos detalladamente), ningún compositor romántico pudo renunciar a la expresiva voz de este instrumento: hallamos importantes pasajes destinados al clarinete en obras de Beethoven (por ejemplo en la Sinfonía Nº 6 y Nº 9, en las Oberturas Coriolano y Egmont), de Schubert (en el segundo tiempo de la Inconclusa lo hace dialogar con el aboe), de Mendelssohn (Sinfonía italiana, La Gruta de Fingal, Sueño de una noche de verano), de Berlioz (Sinfonía fantástica), de Liszt (Rapsodias húngaras, Los Preludios) y de Tchaikovsky (Sinfonías Ns. 5 y 6, Capricho italiano).
Las posibilidades expresivas del clarinete no ceden tampoco ante la música del siglo XX: bajo el impulso decisivo del jazz, revela recursos que responden muy bien a la poética de Strawinsky y Casella, de Schoberg y Hindemith, de Debussy y Respighi. No es posible olvidar la caracterización del gato obtenida por Prokofiev con el clarinete en la fábula musical Pedro y el lobo. Sería demasiado largo recordar los autores que han dedicado páginas de cámaras al clarinete, de Beethoven a Berg, de Schumann a Dallapiccola y Petrassi; resultaría igualmente imposible citar las Óperas en las cuales se evidencia la voz del clarinete. Bastará recordar la importancias atribuida por Rossini al instrumento (en las Oberturas y en la introducción de ciertas Arias), por Verdi (duetto de Rigoletto-Sparafucile, la escena de Ulrica en Un ballo in maschera, en la introducción al recitativo: “La vita é inferno all’infelice” de La forza del destino) y por Wagner, que confía al clarinete ola definición de la atmósfera de ciertas escenas y el “pasaje” de algunas frases a través de las diferentes familias instrumentales.
Todas estas citas son necesariamente limitadas a algunos de los compositores que acuden primero a la memoria porque sería imposible, en un breve ensayo, delinear acabadamente la literatura para clarinete.
Tanto más que nuestro interés debe concentrarse en algunos trabajos dedicados al instrumento por Carl Maria von Weber.


